Se despide “Cocolo” sin permiso de sus amigos.

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Se despide “Cocolo” sin permiso de sus amigos.
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Se despide “Cocolo” sin permiso de sus amigos.
Se despide "Cocolo" sin permiso de sus amigos.

Hay noticias que duelen y desgarran el alma. Te arrancan un pedazo de tu historia y te devuelven recuerdos que creías dormidos. Dicho en términos boxísticos, son noticias fulminantes: de las que no queremos enterarnos, de las que no queremos que sucedan y que, en consecuencia, no queremos escribir.

El cambio de paisaje de Alfredo “Cocolo” Arismendi duele. Y mucho.

El camino de la vida, tan largo como espinoso, siempre ofrece compañeros de viaje: algunos se quedan para siempre; otros comparten contigo tramos decisivos que te marcan. Ese fue mi caso con Cocolo, a quien siempre llamé “Cocolía”. Nos tocó transitar juntos los inicios del periodismo y reencontrarnos, ya adultos, con el mismo afecto, la misma cercanía y la misma actitud del comienzo.

A Cocolía nos unían el periodismo y el boxeo. Llevaba el boxeo en las venas. Lo respiraba. Lo transpiraba.

Su padre, Santos Arismendi, fue uno de los jueces de aquella noche caraqueña en la que Carlos “Morocho” Hernández se convirtió en el primer monarca del boxeo venezolano, episodio al que, por cierto, hacía muy poca referencia.

Sus compañeros de universidad lo recuerdan como un tipo alegre y jodedor. En la escuela abrazó el periodismo con la misma pasión con la que vivió su vida. De Caracas fue a Margarita y de Margarita a estudiar periodismo en la UCV.

De personalidad extrovertida, verbo duro y carácter fuerte, Cocolo era, en realidad, un pan de Dios. Su ceño fruncido no reflejaba su nobleza ni su verdadero carácter. Su sonrisa nunca fue risa: siempre fue carcajada. Modesto pero firme, fue un reporterazo. Si no, que lo digan los colegas con los que compartió redacción en Meridiano y El Nacional, donde por entonces trabajaban los grandes ligas.

Con Cocolía compartí desde su llegada a Caracas. Tuvimos carreras paralelas: yo era reportero de El Mundo y él de Meridiano. Recuerdo haber oído al dirigente deportivo Jesús Chirinos decir que “estos dos carajitos juntos son dinamita”. Lo dijo durante la cobertura del Mundial de Boxeo Militar en Fuerte Tiuna, cuando Cocolo, ante una decisión dudosa en una pelea con un venezolano involucrado, tituló: “Revuelta militar en Fuerte Tiuna”.

Al día siguiente, al regresar al recinto militar, lo metieron en un cuartico, le hicieron un par de preguntas y lo tranquilizaron. Luego me dijo:
—Coño, se me pasó la mano y el coronel me lo hizo entender.
Eran, evidentemente, otros tiempos, de tolerancia y entendimiento.

En otra ocasión nos fuimos a La Guaira a ver a Los Hermanos Lebrón. Subiendo por uno de los túneles, una gandola impactó mi viejo Mercedes Benz de estudiante.

—¿Fue mucho, Cocolía? —le pregunté, aún en shock.
—No creo… solo arrancó la puerta.

Y como esa historia banal e imperfecta, tuvimos muchas, incluso hasta tiempos recientes en Margarita.

Su paso por la WBA

Durante un buen tiempo, Cocolo estuvo al frente de la prensa de la WBA. Fue reclutado en Turmero por el hoy presidente, Gilberto Jesús Mendoza, quien un día me dijo que consumía más café que una cafetera de panadería.

En esa faceta dejó huella. Era incansable, persistente y tenaz. A su estilo y en su ley.

Viajó a Estados Unidos, trabajó con Mendoza padre y compartimos convenciones. Cubrimos noches de boxeo, pero, sobre todo, compartimos sonrisas. Esa carcajada estentóreaque lo definía.

Tras “haber matado la liga” en Caracas, Cocolo regresó a Margarita, donde hoy hay consternación. En la isla lo querían todos, incluso quienes pensaban distinto. Era imposible que pasara inadvertido y también imposible que, desde su tribuna La Hora del Gallo, no ayudara a la comunidad.

Cocolo no dormía. A las tres de la mañana ya estaba en pie para ir desde La Guardia a Porlamar y salir a las cinco en punto con su programa, de altísima audiencia en la isla. Difícil que ese fenómeno se repita en el periodismo de estos tiempos.

Doy fe de que Morel Rodríguez era su primer radiooyente. Un día, caminando  de madrugada con el entonces gobernador de Nueva Esparta por La Caracola, se quitó los audífonos molesto, sacó el teléfono y llamó a la emisora:

—¿Qué pasa que el programa de Cocolo no ha salido?

—Cambiaron el horario. Ahora comienza a las siete —respondieron.

—Me cambian mi vaina y me ponen a Cocolo a las cinco otra vez.

Me tocó contarle el chisme. Las carcajadas llegaron hasta Tailandia.

—Pana, Jairo, menos mal tú lo oíste. Yo les dije la que se iba a armar y los dejé correr…

Hoy no escribo con soltura. Tengo los dedos engatillados, los ojos humedecidos, el corazón roto y el sentimiento a flor de piel. No es justo que te hayas ido sin el permiso de tus amigos.

Se ha ido un hombre bueno. Un tipo llano, sencillo y elocuente. Un buen periodista. Un tipazo.

Se ha ido un pedazo de lo vivido, en este ir y venir de la vida y del periodismo.

Tenía razón el poeta Alberto Cortez: cuando un amigo se va, el espacio no lo puede llenar la llegada de otro amigo.

Duele.


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