Han pasado 62 años de la Clay vs Liston (I) 

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Tal día como el de hoy, 25 de febrero de 2026, se cumplen exactamente 62 años del ya muy lejano martes de 1964, algo más o poco menos de 4 mil personas congregadas en el Convention Hall de Miami Beach, Florida, quedaron absoluta y totalmente sorprendidas cuando el hasta entonces campeón mundial de todos los pesos, Sonny Liston, aquejado de una lesión en el hombro izquierdo se quedó sentado en la esquina al sonar la campana del séptimo rounds mientras en el rincón opuesto el retador de 22 años y un mes, entonces de nombre Cassius Marcellus Clay, más tarde Muhammad Ali, se convertía en el nuevo monarca mundial en las versiones de la AMB (WBA sus siglas en inglés), del Consejo Mundial de Boxeo (WBC), de la Comisión Atlética de New York y de la revista The Ring.

El inesperado desenlace permanece en el recuerdo como una de las más grandes sorpresas en la historia del boxeo y de la división (el mítico campeón de los completos Joe Louis la calificó entonces como la mayor sorpresa de todos los tiempos). 

En la citada ocasión Liston subió con 216 libras (99 kilos) repartidas en 6.1 pies (1,85 mts.) y se llevó una bolsa de $1,360.000, en tanto que su rival, de 6.2 (1,89 mts.) y 210 libras (95 kilos) logró $362.000, ambas bolsas bastante por encima de las de aquellos ya remotos días. 

El Clay de esos años (poco después dijo al mundo que había descartado “mi nombre de esclavo”, y lo había reemplazado por el de Muhammad Ali, tomado del islamismo, su nueva religión), subió al ring con las apuestas en su contra en proporción de 6-1, pues la mayoría de los aficionados y de los conocedores pensaban que el intimidante Liston, de 32 o 34 años—nadie sabía su edad exacta-con marca de 35-1, 24 nocauts, un pegador brutal, se desharía en pocos minutos del petulante joven nacido en Louisville, Kentucky, el 17 de enero de 1942, invicto en 19 combates con 15 nocauts desde su debut profesional 4 años atrás, poco después de haber ganado la medalla de oro de los semipesados en los Juegos Olímpicos de Roma-60.

La equivocación fue colectiva. Liston virtualmente había arrollado, atropellado mejor, a la casi generalidad de sus adversarios, El temor que inspiraba era comprensible; reiteramos que había masacrado sin piedad antes a cuantos se ponían frente a él, entre ellos el excampeón mundial Floyd Paterson, vapuleado dos veces en el primer tramo, algo habitual para el exrecluso en la cárcel estatal de Missouri-donde aprendió a boxear- reo de atraco a mano armada y en varias ocasiones castigado por delitos similares, además de ser tenido como estrechamente ligado al hampa.

LA PELEA

Liston abrió el combate contra Clay con evidentes deseos de terminar pronto, ritmo de pelea usual en él. Atacó sin reposo al desafiante, quien recurrió a su también habitual estilo de correr y atacar, irse de nuevo y regresar, siempre con los brazos a los costados, “flotando como una mariposa y picando como una abeja”, tal y como definía su manera de pelear, En ese ritmo sin cambios la pelea siguió su curso, con ventajas alternantes en cada uno de los tres minutos de cada asalto, sin un dominio claro de ninguna de las partes. Cuando finalizó el quinto tramo, en la esquina de Clay (Ali) sonaron las alarmas porque el retador adujo que no veía, que estaba completamente ciego, que algo en los guantes de Liston le había hecho arder los ojos. Hasta tal punto que le pidió a su entrenador, Angelo Dundee, que le quitara los guantes, que no iba a seguir. Sin embargo, el viejo zorro que era Dundee lo hizo desistir. “Sigue peleando y aléjate de él. Solo corre”, le dijo y así lo hizo Clay, quien, ya más recuperado del ardor en la vista, desplegó una dura ofensiva de incesantes izquierdas y  derechas que lastimaron severamente al campeón defensor. Cuenta la historia que cuando Liston llegó a la esquina se desplomó sobre la banqueta y exclamó: ”¡ Hasta aquí hemos llegado!” Estas palabras fueron entendidas por sus asistentes como que “El Oso Grande·, el apodo que le puso Clay, saldría a liquidar al oponente en el siguiente episodio. 

Se equivocaron. Cuando repicó la campana que llamaba al séptimo tramo, Liston, sangrante en ambos ojos, con el hombro izquierdo lastimado, botó el protector bucal con rabia y a la par afligido y resignado, y pidió que le quitaran los guantes. Se quedó sentado en su rincón, mientras Clay, Dundee y los demás ayudantes, daban saltos de euforia. Clay, siempre vocinglero y desafiante, se acercó entonces a las filas de los periodistas, con gritos destemplados de “¡Soy el más grande y el más bello! Les dije que sorprendería al mundo. ¿Dónde van a meterse ahora sus palabras?”

Cuando se revisaron las tarjetas, los números marcaban un empate.

Un año más tarde se enfrentaron en la pelea de revancha en el Center Maine Your Center de Lewinston, Maine, el 25-6-65 exactamente, frente a un también reducido grupo de espectadores, en una pelea que pasaría  a la historia como la del “Golpe Fantasma”, una derecha en el primer tramo que muy pocos vieron y que Clay, quien ya era Muhammad Ali para el mundo, llamó “el golpe de ancla”. Ese golpe derribò a Liston a los 2 minutos y fracción, cuando el confundido árbitro y excampeón mundial pesado Jersey Joe Walcott decretó el KO solo después de que el editor de The Ring, Nat Fleischer, le indicara que ya habían pasado 12 segundos desde el desplome de Liston.

Esta segunda confrontación tiene una historia tanto o más larga que la primera relatada, pero igualmente interesante que en otra ocasión contaremos.




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